Llega tarde, lo cual hace que me ponga más nervioso de lo que estoy. Que la idea de llamar con algún compromiso inventado y largarme me vuelva a rondar la cabeza.
- Va, tío, ¿hace cuánto que no pillas? Si te ví cómo la mirabas, a ver, la chavala está potente, y yo creo que se fijó en ti, además, si ha aceptado será por algo ¿no? Inténtalo, ¿qué pierdes?.
Mi colega tenía razón en casi todo. La espero en la puerta del metro, tomamos algo, nos vamos a cenar a un sitio semipijo, y, bueno, acabará pasando algo. Qué coño, pese a los casi nueve meses que llevo sin hacer esto no puede ser TAN difícil. Puede hasta que salga bien.
- Hola, ¿llego muy tarde?
- Pffjjsnooo – diossantoquépardetetas -, si yo acabo de llegar tambiénjajá
- Jajá
- Hmm
- Hmm vamos directamente al restaurante? Con la hora que es no da mucho tiempo a tomar nada tranquilamente.
- Me parecen bien. Parece. Me parece bien. Sí.
- Jaja.
- Ja – ayjoder – ja.
Un par de manzanas sin separar mi vista de su culo después, llegamos. Habla pero no la oigo, estoy demasiado ocupado oliéndola y mirándola.
Le digo al tipo disfrazado de pingüino de la puerta el nombre de la reserva, nos conduce a una mesa al lado del cuarto de baño. Me parece verle sonreir mientras lo hace. Valiente hijodeputa.
- Y ¿a qué te dedicas?
- ¿Mm? – parece estar en otra parte.
- Que a qué te dedicas.
- Ah, perdona… puesss… estudio… derecho…
No para de mirar el reloj. ¿Porqué no para de mirar el reloj?
- Ahá.
- Oye, perdona. Es que… mira, no puedo quedarme.
- …qué?
- No te lo he dicho antes porque… bueno, mira, me surgió algo viniendo para aquí.
- …qué?
- Pero no te preocupes, va a venir una amiga.
-…
¿QUÉ?
Mi amigo el pingüino sonriente me pone la carta de vinos delante. Tiene suerte de poder aguantarse la risa, aunque a duras penas. Sabe que solo tengo el cenicero a mano para rompérselo en la cabeza, pero tiene pinta de romperse fácil y doler.
- Ah mira, ¡acaba de llegar! – alza el brazo en un gesto que añade más confusión a mi saturado cerebro al subirle las tetas unos cuantos centímetros. Así que me pierdo su entrada.
La cosa que acaba de entrar se ha puesto de pie al lado de la mesa de alguna manera mientras yo me preguntaba cómo sería dormir con la cara sepultada en el escote de la hijadelagranputa de su amiga. Cuando me recupero, la veo.
Por dónde empezar. Lo que queda a la altura de mis ojos son dos manos gordas y mojadas. Uñas comidas irregularmente. Cartucheras en las que se podría enfundar el revólver de Harry el Sucio y sobraría espacio para la munición y puede que un campo de tiro, misericordiosamente tapadas por unos pantalones de chándal de táctel que habían conocido mejores días, probablemente durante la legislatura de Felipe González.
- Está es Momó. Momó, Javier, Javier, Momó.
El contraste entre su encantadora voz y los fragmentos de la anatomía del ser que encontraba a mi lado me saca de mi sopor. Tragando saliva, compruebo el resto de su persona.
Chamarra beige modelo padre-de-cincuenta-años con los puños también mojados, abierta sobre una camiseta de… ¿piensos compuestos Sansón? ¿Eso era un gato dibujado a rotulador? ¿Estaba pasando esto?
Me muevo, venciendo el asco le tiendo mi mano a modo de saludo. No es que quiera tocarla, pero lo prefiero a besar su cara enmarcada por una maraña de pelo negro recogida con un… no, dime que el coletero no es cinta aislante.
- Bueno, oye, os dejo.
Ahogo el “no me dejes aquí sohijaputa” que pugna por salir de mi garganta y gimo un aceptable “buenopueshastaluego”. Contemplo cómo su perfecto culo se aleja… se aleja… se pierde de vista.
La cosa de al lado mío sigue de pie y muda. Voy a señalarle la silla libre cuando me doy cuenta de que sigue sujetando mi mano. Me cuesta recuperarla, es fuerte; y el hecho de que haya olvidado que la tiene agarrada mientras mira algún punto de la pared detrás de mí no lo hace más fácil.
De hecho, no tenía pinta de ir a pasar NADA que entrase en la categoría “fácil” en los próximos minutos.
Bien. Bueno. Necesito un plan de acción. Y vino. Mucho.
Se sienta sola cuando consigo soltar mi mano. Me concentro en la carta. No habla mientras hago esto. El brillo de mi tenedor parece cautivarla.
- Hola, Momó. Tu amiga es TODO un encanto.
Inútil, está en Momolandia. Un lugar que parece muy lejos de aquí.
- ¿Te parece si pido tinto?
Sin respuesta. Momolandia, donde los tenedores brillan todo el año.
Me decido por el segundo más barato de la carta sin mirar el nombre y busco con la vista al pingüino bastardo hasta que se materializa al lado de la mesa. Veo en su cara que al menos alguien se lo está pasando genial esta noche.
- DE MOMENTO, tomaré una botella de…
- GASEOSA SIN HIELO NO QUIERO EL HIELO.
Momó ha resucitado. Bieeeen.
- ¿Disculpe? – Pingüino Bastardo ha tenido que oírla, igual que todas las mesas en tres metros a la redonda. Pero le encantaría que yo lo oyese otra vez.
Afortunadamente, o no, Momó se ha tomado unas vacaciones.
- Ella quiere una gaseosa.
- Ah, sí, sin hielo, soy un poco duro de oído, mis disculpas. ¿Alguna marca en concreto? – su sonrisa crece algunos centímetros. Su cara va a replegarse sobre sí misma de un momento a otro si sigue tensándola así.
Miramos a Momó, expectantes. Espero que el OVNI que ha aparecido sobre mi cabeza (a juzgar por dónde ha posado fijamente su mirada) no tenga intenciones hostiles. Tras un par de minutos, Pingüino Bastardo decide no forzar más las cosas y huye mascullando algo sobre preguntarle al somelier cuál es la marca más adecuada.
- Bueno, Momó. Ya que estamos aquí, podrías contarme algo sobre ti. ¿Momó es tu apellido, o un mote?
- NO.
- Hm. Interesante.
Ah, el vino. Nos lo trae otro camarero, mi hostelero favorito debe de estar ocupadísimo comentándolo en la cocina, o tal vez quiera compartir el chiste con otros. Ya te pillaré cuando salgas, so cabrón, sé dónde trabajas.
Me sirvo la copa hasta el borde no bien ha acabado de descorcharla y vacío la mitad del primer trago. Decido que, si voy a estar aquí un buen rato, más vale que intente reírme yo también.
- Bueno, Momó, ¿y qué tal el trabajo? ¿sigues llevando la cuenta Fisher, ver…?
A mitad de mi frase se ha levantado de golpe, casi tirando la silla al suelo. Esto me alarma, pero no tanto cuando veo que entra en el baño. Vacío la copa, vuelvo a llenarla, compruebo que la pareja de la mesa de al lado me está mirando un segundo más de lo que sería educado, la vuelvo a vaciar.
Lo que parecen diez minutos después (durante los cuales tengo que pedirle a otro camarero distinto dispuesto a apuntar lo que queremos y a echarse unas risas que vuelva dentro de un rato), y creo que tres medias copas, Momó vuelve a la mesa. La humedad de los puños de su chaqueta ahora llega casi a los codos. El cuello de su camiseta también parece haberse oscurecido.
- Creo que voy a pedir… uhm… lubina. Para dos. Sí. Si te parece… bien.
Momolandia, Momolandia, Tierra de verdes praderas. Interpreto su mutismo como un “por supuesto”. “Porqué no”. “Si no te respondo es porque el sonido del goteo de mis brazos contra el suelo es demasiado maravilloso”. Necesito otra botella, esta acaba de morir.
La idea de levantarme e irme se me pasa por la cabeza con bastante insistencia, pero la persona que tengo delante parece lo suficientemente inestable como para descartarlo como viable. Además medio restaurante se está fijando en mí como para intentar salir corriendo sin pagar la botella. La botella y la gaseosa. Que ha desaparecido de la mesa, por cierto.
Pingüino Bastardo reaparece con una lubina que no recuerdo haber pedido… igual a causa del vino… cuya botella ha vuelto a rellenarse sola. Empiezo a comer sin hambre. El miedo a levantar la vista es demasiado grande como para desaprovechar la oportunidad de fijar la vista en algo que no sea la cosa que tengo delante.
Que por cierto… ¿qué HOSTIAS está haciendo?
Interludio - El cerebro de Momó.
Bueno… parece que Momó ha terminado de cenar. Sin perder de vista la puerta por la que acaba de salir (¿intentando creérmelo o por miedo a que vuelva a entrar?) saco algunos billetes del bolsillo por debajo de la mesa todo lo sigilosamente que puedo.
Al tirar los billetes sobre la mesa me doy cuenta de que debo de haber estado ausente un tiempo indefinido. Alguien lleva un rato gritando en el baño. Alguien ha vomitado sobre mi mesa. Creo que he sido yo. No, estoy bastante seguro de que he sido yo.
Camino hacia la puerta y sin apartar los ojos de ella en ningún momento saco mi teléfono de la chaqueta. Pulso el botón de llamada dos veces. Seis tonos después, ella descuelga.
Por encima de los gritos de Pingüino No Sonriente me oigo decir “oye, un encanto tu amiga. A ver cuándo quedamos los tres.”
Escrito en Síntoma